En prácticamente todas las organizaciones existen cursos que se repiten año tras año. Da igual el sector o el tamaño de la empresa: ciberseguridad, prevención de riesgos, igualdad y diversidad, compliance u onboarding forman parte del mapa formativo de cualquier compañía .Son cursos necesarios, en muchos casos obligatorios por normativa, pero también suelen ser los que menos cariño reciben. Se crean para cumplir, no para enseñar. Y ahí empieza el problema.
Porque cuando un curso se concibe como un trámite, el resultado es previsible: empleados poco implicados, aprendizaje superficial y una inversión que no genera impacto real. La organización cumple, sí, pero no cambia nada.
El problema no es el curso, es cómo se diseña
Durante años se ha asumido que los cursos obligatorios “son así”: largos, densos, genéricos y poco conectados con la realidad del empleado. Textos interminables, lenguaje legal o excesivamente técnico y evaluaciones que miden memoria, no comprensión. El usuario entra con una única motivación: terminarlo cuanto antes. Marca las respuestas correctas, completa el curso y pasa a otra cosa. Desde el punto de vista formativo, el valor es mínimo. Desde el punto de vista del riesgo, la organización sigue igual que antes. La paradoja es que estos cursos, precisamente por ser recurrentes y llegar a toda la plantilla, son una de las mejores palancas para generar aprendizaje real y reforzar cultura corporativa.

Los cursos recurrentes también construyen cultura (si se usan bien)
Un curso de onboarding no es solo una presentación de la empresa. Un curso de diversidad no es solo una obligación legal. Un curso de ciberseguridad no debería limitarse a definiciones genéricas. Cuando estos contenidos están bien trabajados, sirven para alinear comportamientos, reforzar valores y reducir riesgos reales. Pero para eso hay que cambiar el enfoque: dejar de pensar en “contenido que hay que pasar” y empezar a diseñar experiencias de aprendizaje. Esto implica hablar de situaciones reales, de decisiones cotidianas y de consecuencias claras. El aprendizaje aparece cuando el usuario se reconoce en lo que está viendo.
Adaptar el contenido: mucho más que personalizar el logo
Uno de los errores más comunes es creer que adaptar un curso consiste en cambiar colores o añadir una slide corporativa. La adaptación real va mucho más allá. Adaptar es revisar el contenido desde cero para que encaje con la organización, el sector y el perfil del usuario. Es usar ejemplos cercanos, riesgos reales y un lenguaje que no suene a manual jurídico. Es eliminar información innecesaria y centrarse en lo que realmente importa. En Inserver trabajamos mucho esta fase porque es donde se gana (o se pierde) el interés del alumno. Un curso adaptado no parece “otro curso más”, parece algo hecho para esa empresa y esas personas. Y eso se nota desde la primera pantalla.
Gamificación con sentido: implicar para que el mensaje cale
Gamificar un curso obligatorio no es convertirlo en un juego sin más. Es diseñar situaciones en las que el usuario tenga que tomar decisiones, equivocarse y entender las consecuencias de forma segura. Escenarios interactivos, simulaciones o narrativas basadas en el entorno laboral permiten pasar de un aprendizaje pasivo a uno activo. El usuario deja de leer para empezar a participar. En cursos recurrentes, este enfoque es clave. Aunque la temática sea la misma cada año, la experiencia cambia. Y cuando la experiencia cambia, la atención vuelve. Este tipo de diseño es especialmente efectivo en formaciones como diversidad, ciberseguridad u onboarding, donde el comportamiento del usuario es tan importante como el conocimiento teórico.
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Menos contenido, mejor diseñado
Otro gran error de los cursos obligatorios es pensar que cuanto más largos, más completos. La realidad es justo la contraria. Los cursos que mejor funcionan son aquellos que respetan el tiempo del usuario, estructuran bien la información y se centran en los mensajes clave. Módulos claros, objetivos bien definidos y actividades alineadas con lo que se quiere enseñar generan mucho más aprendizaje que horas de contenido irrelevante.
El microlearning, cuando se diseña con criterio pedagógico, no simplifica el contenido, lo hace más efectivo. Cuando un curso es recurrente, debería evolucionar, no reciclarse una vez tras otra. Repetir el mismo contenido año tras año transmite un mensaje muy claro al empleado: “esto es un trámite”. Actualizar ejemplos, incorporar nuevos riesgos, ajustar el nivel de profundidad o reforzar puntos críticos detectados en ediciones anteriores convierte estos cursos en herramientas vivas. Además, un buen sistema de reporting permite obtener información valiosa sobre errores frecuentes, dudas habituales o comportamientos de riesgo. Cuando los datos se usan bien, la formación deja de ser un gasto y empieza a ser una inversión estratégica.
El enfoque de Inserver: cuando el contenido importa
En Inserver llevamos años ayudando a organizaciones a transformar sus cursos obligatorios y recurrentes en experiencias de aprendizaje que funcionan de verdad. No trabajamos desde plantillas cerradas, sino desde el diseño instruccional, la adaptación real y la gamificación con sentido. Onboarding, diversidad, ciberseguridad o compliance no son “un curso más”. Son momentos clave de contacto con el empleado y, bien diseñados, una palanca real de cambio dentro de la organización. Por eso, muchos de nuestros clientes llegan con cursos que “cumplen” y se van con experiencias que se entienden, se recuerdan y se aplican.
Los cursos obligatorios van a seguir existiendo. La diferencia está en cómo decides afrontarlos. Puedes limitarte a cumplir o puedes aprovecharlos para formar de verdad, reforzar cultura y reducir riesgos reales. Cuando el contenido está bien adaptado, bien diseñado y pensado para el usuario, deja de ser una obligación anual y se convierte en una herramienta que aporta valor tangible a la organización. Y ahí es cuando los cursos obligatorios empiezan, por fin, a cumplir su verdadero objetivo.

